Casi medio siglo de crecimiento económico, de devastación ecológica y degradación humana, saldo agridulce de un modelo de desarrollo que cambió la fisonomía del país, transformó al dominicano y a la dominicanidad, regido por un Estado patrimonial que consagró la corrupción y quebró la institucionalidad, convirtiendo el clientelismo en respuesta envilecedora a la pobreza y a la ignorancia, a la falta de empleos y de oportunidades. Un modelo elitista y socialmente excluyente, con un balance a 2008 de 3.6 millones de pobres, más de un millón en la indigencia, que al subrayar la dualidad entre ricos y pobres engendró males sociales agigantados con la desatención estatal, hoy traducidos en un clima de inseguridad que a nadie le es ajeno.
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